Let's Go2Mexico - Articles Los Voladores: Patrimonio Inmaterial de la Humanidad
Noviembre 2009
El pasado miércoles 30 de septiembre la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) declaró como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad el ritual de los voladores, así como los lugares de la memoria y tradiciones vivas de los pueblos otomí chichimecas de Tolimán (Querétaro). Con ello, México logra sus primeras inscripciones dentro de la Lista Representativa de ese rubro, siendo por el contrario abundantes las de Patrimonio Material.
La decisión fue tomada durante la Cuarta Reunión del Comité Intergubernamental para la Salvaguarda, celebrado en Abu Dhabi (Emiratos Árabes Unidos). Dicho comité estuvo integrado los siguientes países: Estonia, Emiratos Árabes Unidos, Kenia, Turquía, República de Corea y México. El fallo fue positivo para las candidaturas intituladas Ceremonia Ritual de los Voladores y Lugares de memoria y tradiciones vivas de los pueblos otomí chichimecas de Tolimán. La Peña de Bernal, guardián de un territorio sagrado.
• La tradición del palo del volador
La ceremonia ritual de los voladores tiene sus orígenes en época prehispánica. De acuerdo a las evidencias arqueológicas, la danza existe por lo menos desde el año 600 a.C. Durante el periodo virreinal, la ceremonia no sólo se mantuvo en determinadas regiones, sino que también formó parte de las fiestas y celebraciones indígenas integradas al aparato festivo. Modificado con el paso del tiempo, se ha preservado hasta nuestros días.
El ritual de los voladores es practicado por diferentes grupos étnicos de México y Centroamérica; de manera muy especial en la región de Totonacapan (Veracruz), lo que explica que sean ampliamente conocidos como “los voladores de Papantla”. Lo anterior se explica, en parte, por la cercanía de dicho municipio con el centro ceremonial de El Tajín. Grupos como los nahuas, otomíes y mayas quichés lo practican con algunas variantes, entre ellas el vuelo en par o en sexteto. Aunque por lo general, la ceremonia suele asociarse a la región de la Huasteca, también se ha encontrado evidencia de su existencia en el Bajío. Sólo en Papantla existen unos 600 voladores; en total, han sido identificados 33 grupos registrados, un número indeterminado de voladores no registrados y tres escuelas de niños. Por su parte, el nombramiento corresponde al ritual de voladores de Totonacapan y de las tres capitales del reino de los tres corazones: Cuetzalan, Tajín y Cempoala. relacionada con la fertilidad, de acuerdo a los principios de la cosmovisión indígena. De acuerdo con la leyenda tradicional, una fuerte sequía había sido causa de estragos entre los totonacas. Un grupo de ancianos re reunió, entonces, con la finalidad de enviar a un grupo de jóvenes a pedir a los dioses que devolvieran la fertilidad a la tierra. Para realizar su ceremonia, éstos localizaron y cortaron el árbol más arto, más recio y más recto del monte. Subieron a lo alto del palo e hicieron sonar la flauta y el tambor. Unos días después, el palo fue derribado. Los voladores reaparecieron en el horizonte, pero al serles imposible el descenso, se perdieron para siempre entre las nubes.
La ceremonia comienza con la preparación física y espiritual de los ejecutantes, con la elaboración de la vestimenta (a veces por los mismos voladores) y el montaje de un altar. Antiguamente, los trajes estaban realizados con plumas de aves, que representaban águilas, buhos, cuervos, guacamayas, quetzales y calandrias. Por su parte, el palo sagrado o tsakáe kiwi (árbol de chicozapote) es buscado, cortado, arrastrado y levantado, pidiendo perdón al bosque. Cinco hombres suben a lo alto del tronco (que puede medir de 18 a 40 metros), atados con cuerdas por los pies y la cintura. Uno de ellos, el caporal, hace sonar sus instrumentos en lo alto, invocando a los cuatro rumbos cardinales. Los danzantes se lanzan, entonces, al vacío, y descienden en círculos alrededor del tronco, imitando el vuelo de los pájaros.
Además de hacer patente el respeto hacia la naturaleza, el ritual posee una fuerte carga de espiritualidad. Por medio de él, quedan integrados el hombre, su medio ambiente y el cosmos. Pero, además de ello, la ceremonia se distingue por promover el trabajo y el bien comunitarios.
El Expediente de la Ceremonia Ritual de Voladores fue enviado a la UNESCO en septiembre de 2008 (redactado en español, inglés, francés y totonaco). En la iniciativa conjunta participaron, entre otras instituciones: el Gobierno del Estado de Veracruz; el Centro de las Artes Indígenas; un consejo académico; la Asociación de Voladores de Papantla; el Consejo Supremo Totonaca; Conaculta; la Dirección de Patrimonio Cultural del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH); y la Comisión Mexicana de Cooperación con la UNESCO (CONALMEX). El trabajo de documentación y el armado del expediente estuvieron a cargo del Centro de las Artes Indígenas, con el apoyo interinstitucional de los tres niveles de gobierno.
El resultado de tales trabajos fue un plan de salvaguarda, preservación, difusión y desarrollo del patrimonio cultural, enfocado a tres grupos principales: los voladores de Veracruz, Puebla y San Luis Potosí; los danzantes de Guatemala; y las regiones de México y Centroamérica en las que se ha llevado a cabo la práctica de dicho ritual. Dicho plan contempla medidas como el Encuentro Internacional de Voladores, la Escuela de Niños Voladores del Centro Nacional de las Artes Indígenas, la conformación de un Consejo de Voladores, y un Plan de Salvaguardia.
De acuerdo a los criterios de la UNESCO para su Lista Representativa del Patrimonio Inmaterial, el nombramiento tuvo los siguientes fundamentos: 1) La Ceremonia Ritual de los Voladores ha sido transmitida de generación en generación, y recreada constantemente por las comunidades involucradas en respuesta a su interacción con la naturaleza y el universo. 2) La inscripción del elemento en Lista Representativa contribuiría a fomentar la comprensión y el respeto de la diversidad cultural, estimularía el diálogo entre las partes interesadas, y aumentaría la visibilidad y conciencia en torno a la importancia del patrimonio cultural intangible. 3) Se han identificado diversos factores que atentan contra la viabilidad del elemento, para los cuales un conjunto de medidas de salvaguarda se han descrito, tal como el establecimiento de la Escuela para Niños Voladores, apoyada con muestras de compromiso de las autoridades gubernamentales y las comunidades participantes. 4) Los Voladores mismos, al igual que otros institutos civiles y públicos, participaron ampliamente en el proceso de nominación, tanto individualmente como mediante sus asociaciones, y se ha proporcionado evidencia de su consentimiento libre, previo e informado. 5) El elemento está inscrito en el Inventario de Patrimonio Cultural Intangible de México, y mantenido por la figura del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
Para Papantla, tal nombramiento dentro del rubro de Patrimonio Inmaterial se suma al anterior de la Ciudad Sagrada del Tajín, dentro del correspondiente a Patrimonio Material. Finalmente, los voladores celebrarán la declaratoria el próximo 12 de octubre en el Parque Tekilhsukut. Paralelamente, en todos los palos del país se realizará un vuelo simultáneo.
• Los lugares de la memoria y las tradiciones vivas
La segunda declaratoria de la UNESCO corresponde a los Lugares de memoria y tradiciones vivas de los pueblos otomí chichimecas de Tolimán. La Peña de Bernal, guardián de un territorio sagrado. Corresponde, pues, a la región semidesértica de Querétaro, una zona indígena donde prevalece la lengua otomí. El pueblo otomí-chichimeca o hñañhu —asentado en la región de Tolimán, cercana a la Peña de Bernal y los cerros del Zamorano y el Frontón— proviene de la fusión de las tribus trashumantes del norte con la lengua y las tradiciones del pueblo otomí (uno de los más antiguos y numerosos de Mesoamérica).
El patrimonio inmaterial asociado con dichas poblaciones consiste en las más de 200 “capillas familiares” del siglo XVIII existentes en la región, mismas en que los pobladores indígenas creen que residen sus ancestros; en un buen número de peregrinaciones (como la emprendida a los tres cerros para propiciar la lluvia) y las festividades relacionadas con el agua; además del territorio mismo, sacralizado por la celebración de diversos ritos a través del tiempo. De esa manera, los llamados “espacios de la memoria” hacen posible el encuentro entre vivos y muertos, y la preservación de los linajes familiares que articulan la organización comunitaria. En dicha área se encuentran también construcciones como el Reloj Público, el Templo de Dolores, la Fuente de la Castalia y el Templo de San Pedro.
Se trata de un reconocimiento a la riqueza cultural y los esfuerzos realizados por dichas comunidades indígenas para preservar sus tradiciones relacionadas con la topografía y el medio ambiente circundante. Los habitantes de dichas comunidades han manifestado, a través del tiempo, su interés por trabajar en la defensa y la promoción de su cultura, su lengua, sus tradiciones y su territorio. Así, han sido realizados talleres, asambleas, encuestas, fotos, así como la Declaratoria de los pueblos otomí chichimecas del semidesierto queretano proclamada en julio de 2006. En la realización del Expediente Técnico presentado a la UNESCO en septiembre de 2008 trabajó, junto a ellos, un equipo de antropólogos, historiadores, biólogos, ambientalistas, fotógrafos, diseñadores y promotores culturales.
• ¿El patrimonio “intangible”?
Sin lugar a dudas, las recientes declaratorias de la UNESCO son motivo de orgullo para los pueblos totonacas y los chichimeco-otomíes, para todos los mexicanos y para las personas interesadas en la cultura y en la preservación del patrimonio.
Finalmente, la existencia de las Listas de la UNESCO tiene como finalidad dar a conocer el patrimonio universal, la toma de conciencia de su importancia, y el diálogo entre los países. El resultado de ello debe ser la protección, la investigación y la difusión, así como la asistencia técnica y la gestión ante fundaciones y organismos, que permita el desarrollo de programas dirigidos a la conservación de dicho patrimonio.
De tal manera, ambas declaratorias implican también una gran responsabilidad. No sólo las instituciones culturales y quienes están directamente relacionados con el ritual del palo del volador y los lugares de la memoria, sino todos nosotros, somos responsables del cuidado de la riqueza cultural y del universo simbólico de México. Entre los riesgos se encuentran, por ejemplo: la pérdida de principios espirituales y de preparación; la deforestación provocada por la ganadería excesiva practicada por la población no indígena; la asimilación cultural que implica la pérdida de tradiciones; la pauperización. ¿Dónde termina la responsabilidad de los propios indígenas y comienza la nuestra? ¿Cómo propiciar la estimulación económica por medio del turismo, y asegurar al mismo tiempo que éste sea respetuoso de las tradiciones? ¿Es lo “inmaterial” e “intangible” más difícil de conservar que lo concreto?. Enviar a un amigo