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Charros
Por Bonzac Land Banking As a Retirement Strategy - Febrero 2007.
Fotos por:
http://www.geocities.com/cogs_mx/descripcion.html

El charro sin caballo no es charro!, y por ello es indispensable es que el tema de la charrería en México se remonte a la época en que los españoles dirigidos por Cortes, desembarcaron en México en 1519, trayendo consigo 14 caballos, animal nunca antes visto por los indígenas, quienes al verlo montado por un jinete, lo confundían con un solo ser.

En Tabasco españoles mostraron 16 caballos en su primera aparición bélica, mostrando así el arte de montar a los aborígenes. Los caballeros que los montaban portaban armadura, mallas, yelmo y rodela. La caballería fue de gran provecho durante la conquista.

Hasta 1619 los caballos estaban prohibidos para los indígenas y los criollos, aunque estos fueran descendientes de reyes. Se puede imaginar que cunado los indígenas y mestizos quedaron frente a los caballos y los bovinos, tuvo lugar la más remota escena charra, y cuando se integraron a las faenas campiranas montando caballos, ofrecieron el más antiguo cuadro de la charrería mexicana, que nació en forma modesta.

Con el tiempo, el jinete mexicano se haría famoso por su destreza como vaquero, pero hubo de pasar mucho tiempo para que formara parte de la civilización a caballo, ya que la discriminación racial retrasó el proceso; sin embargo, desde el siglo de la conquista, se reconoció en España la calidad de nuestros primeros jinetes.   
 
A don Luis de Velasco I, los charros lo toman como el inventor de la silla vaquera y del freno mexicano. También merece un espacio especial porque con su sello gobernante (1550-1565) favoreció a los caballeros y dio auge a la cría de caballos. Suárez de Peralta, historiador contemporáneo, gran jinete y autor de un libro de equinos, narra que don Luis de Velasco I fue amante de los indígenas y que "tenía la mejor caballeriza  con los mejores caballos del mundo, y muy liberal de darlos a quien le parecía.  

La gente de a caballo participaba en diversos actos solemnes, o simplemente montaba por gusto. Cuando la frecuencia de los alardes fue menguando, tomó gran forma y tradición el paseo del Pendón, para conmemorar el 13 de agosto (San Hipólito). 
 
En aquella época con el virrey, todas las autoridades y religiosos, desfilaban ostentando aparejos de lujo en las sillas de montar y en las espuelas, además de joyas, etc., marchando desde los mejor ataviados hasta los viejos conquistadores con sus armaduras y yelmos aboyados, que por sí mismos aludían a todas las batallas en que habían participado. Al decaer este paseo, tomaron auge los juegos de cañas.  
 
No había caballero que no se empeñara en participar en dichos juegos, cuyo desarrollo y lujo fue proverbial. Se  celebraban para festejar la llegada de los virreyes, la dedicación de un templo, la jura de un monarca, los onomásticos de los principales, etc. De cuatro a diez caballeros, hacían entradas y evolucionaban simulando combates, hacían alardes de habilidad y todo era digno de admiración.  

En el siglo XVI, el virrey Velasco I emprendió la conquista de Querétaro (chichimecas) y autorizó bestias y armas para dos caciques aliados que fueron los pioneros de la charrería: Nicolás Montañez de San Luis, descendiente de nobles, así como el instructor portugués dominico, fraile Pedro Barrientos, quien enseñó a los indígenas la cría y conservación de los caballos y el arte de dominarlos, montarlos y correrlos.  

Pero a quien se reconoce como máximo profesor de equitación, es al beato Sebastián de Aparicio (1502-1596), considerado también mentor en las labores del campo (siembra y pizca, carga y desgrane de maíz, cosecha de trigo, fríjol y tareas de riego), guía de los indígenas en la realización de las faenas de domesticación y aprovechamiento de las bestias: tiro, carga y después a la silla. Instruyó a los arrieros, inventó una carreta tirada por dos bueyes para sustituir la carga de los naturales y enseñó a manejar una buena yunta. Se dedicó a la agricultura y a la ganadería, lo mismo que a enseñar a los aborígenes a sembrar maíz y trigo. Adiestró a estos a la doma de bovinos y, cautelosamente, en la de caballos, práctica o habilidad que en aquel entonces era exclusiva para los españoles. Por esto, se le tiene como el verdadero precursor de la charrería, arte local que poco a poco se extendió  desde la mesa central; principalmente del actual estado de Hidalgo, a los confines del Virreinato.
 
Los criadores de caballos que proveyeran a los expedicionarios fueron los que propiamente armaron el espacio o zona para que naciera la charrería. 
 
Para fines del siglo XVIII, la Nueva España era francamente una tierra de jinetes y ya había aparecido el charro mexicano con sus propios rasgos.  

Por su parte Leovigildo Islas Escárcega, refiriéndose a los inicios de la charrería, resume así: "cuando se extendió el uso de los caballos entre los habitantes de nuestro país, sin distinción de castas y jerarquías, debido a las necesidades de la vida del campo en la concerniente al manejo de ganado mayor, surgió la charrería entre los servidores de las grandes haciendas, donde los animales equinos y bovinos, se contaban por millares. Expertos vaqueros y caporales, hombres de campo en general, consumaban admirables maniobras en las que campeaban el arrojo y la destreza, en herraderos, tuzaderos o por simple divertimiento. Durante mucho tiempo, la ejecución de estas rudas faenas fue el dominio exclusivo de la gente campirana, y en un prolongado lapso se intensificó, con modalidades propias y singularísimas, la suerte de lazar, creándose la de colear, que en ninguna parte del mundo se ejecuta como en México."  
   
Madame Calderón de la Barca, con hermosa pluma y gran finura, relata cómo el Presidente, general Anastasio Bustamante, recorría la ciudad a caballo. Cuenta de sus viajes a caballo por la campiña mexicana y de sus peligros, tratando con excelencia los asuntos de herraderos, de coleadas y sucesos taurinos, y de la tradición de la gente montada de México, por lo que nos damos cuenta del ambiente de los charros en 1843.  

La dirección de Acción Cívica del Departamento del Distrito Federal, oficializó la costumbre a partir de 1930, autorizando concursos de charros y otorgando premios y con dicha motivación se agregaron otras suertes, tales como coleaderos, lazos, jineteadas, etc. Es innegable que los charros actúan con la autenticidad de un producto cultural mexicano cuya "solera", de origen mestizo, tiene más de 450 años de "añejamiento", no obstante, fue hasta 1932 cuando empezó a celebrarse el día del charro.  

Los charros fueron determinantes en la lucha para obtener la independencia política y después para mantenerla. A partir de 1810 son mexicanos patriotas y ya con derecho a tener caballos y ser caballeros, representaron la insuperable arma de la caballería, pues las cargas causan mucho daño y los equinos son insustituibles en los terrenos difíciles. Los hombres de a caballo, los vaqueros y los charros que montan con galanura pueden penetrar en la montaña por los sitios más intrincados, por veredas o abriendo brechas y en la selva o por los breñales y mezquitales.  
 
La monta en la silla mexicana, con reata, sarape y armas con tapaderas en los estribos, ofrece muchas ventajas en el terreno práctico; como también el llevar chaparreras. Esto cobra sentido si recordamos que el verdadero charro es quien jinetea, colea y laza pues la reata sirvió de arma adicional y brutal, para mantener al enemigo, para capturar cañones, o gringos, zuavos belgas y austriacos. 
 
El indígena llamó china a su mujer, por su aspecto y su atavismo oriental; la china llamó a su hombre chinaco, y de ellos abundan cuadros con escenas costumbristas donde aparecen con su indumentaria, que varía según la época. La evolución de la vestimenta es esencial para la charrería, porque del calzón blanco se llegó al traje vaquero o campirano y de éste al de plateado, de chinaco, de rural y de charro, quien con la china poblana representa la esencia de lo mexicano.  
 
Geográficamente los charros tienen una zona de influencia, pues este arte nació en los estados de Hidalgo y de México y se extendió a los limítrofes con el Distrito Federal. del Centro se desplazó hacia el Bajío y tomó sus características en Guanajuato, San Luis Potosí, Michoacán, Guerrero, Colima y especialmente en Jalisco, donde la indumentaria configuró al "típico" charro y a su "china poblana".  
 
La Revolución Mexicana significó la lucha armada del ejército federal contra el pueblo mestizo, por lo general bien montado y convencido de su causa. Los charros "entrenados" en las faenas campiranas de los ranchos y de las haciendas como miembros de las defensas civiles, lucharon en los  estados de Chihuahua, Durango y Coahuila, prestos a vencer al enemigo
 
Sin minimizar la importancia de las infanterías y de la artillería hay que reconocer que las batallas más espectaculares  de la revolución las protagonizó con decisión y maña la gente montada, mostrando en sus acciones la destreza y el oficio campiranos. 
 
La revolución nos heredó magníficos jinetes como los generales Joaquín Amaro, Manuel y Maximiliano Ávila Camacho, Humberto Mariles entre muchos otros. Todavía es notable la  fuerza montada del ejército y, con ella, los charros que oficialmente están considerados reserva armada, razón que les autoriza concluir las paradas militares del 16 de septiembre.  

 

El Lienzo:

Se llama lienzo al local usado por los charros deportistas, incluyendo ruedo, caballerizas y cualquier otra instalación que sirva para las actividades de la asociación. No obstante, en el que hay que distinguir el lienzo, que es recto y el ruedo conectado con el primero.  

El traslado de las esencias charras y campiranas a las urbes motivó la creación de las Asociaciones y como consecuencia la construcción de los lienzos como lugares idóneos para cumplir con los reglamentos y formalidades de los eventos; hoy existen más de 650 en toda la República Mexicana.
   
La organización de la charrería en los años veinte produjo una estruendosa explosión en el ánimo de los de "a caballo". En aquellos días los charros empezaron a concebir la creación de los primeros lienzos, inspirándose en el ruedo de la plaza de toros del Toreo de México, agregándole una extensión rectangular para colear y pialar, cuyas actuales medidas fueron definidas e impuestas por el Marqués de Guadalupe. 
 
El terreno del lienzo debe tener características precisas ya que el lucimiento de las competencias depende, en parte, de las buenas condiciones del sitio en que se llevan a cabo:
  
Así mismo, deberá contar con una caseta de jueces a la altura de los 60 mts., con equipo de sonido, un pizarrón de calificaciones, un cronómetro colocado en parte visible que se active desde el palco de jueces; gradas para el público asistente y sus respectivas áreas de estacionamiento para los charros competidores y el público asistente.

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